viernes, enero 05, 2007
Un viernes, hace unas semanas, me fui al trabajo y dejé a Sandrix con un dolorcito de panza. Antes de salir, le avisé que si el dolor se volvía insoportable me llamara por teléfono y yo me pedía el resto del día para cuidarla.

Al mediodía, como siempre, hicimos un break para almorzar. Como la casa de mi vieja está cerca almuerzo con ella. Ese día había preparado la tortilla española que me fascina.

Ya con el tenedor en la mano, estuve a punto de tragar el primer bocado cuando sonó el teléfono. Era Sandrix pidiendo mi ayuda, las puntadas eran más fuertes y necesitaba que la mimara un poco.

Me encontraba en Quilmes, tenía que llegar a San Telmo. En colectivo iba a tardar demasiado así que opté pedir un remis. Hay una agencia en la que tengo cuenta corriente, no por un arreglo comercial sino porque es la forma en que se les ocurrió pagarnos el alquiler. Así que el viaje algo largo no iba a tocar nada de mi bolsillo.

Hablé con la chica y me dijo que el auto ya salía a buscarme. Teniendo en cuenta que la agencia está a cuatro cuadras, a los quince minutos de retraso empecé a molestarme. Me asomé por la ventana para ver si se acercaba algún auto. Vi uno parado a mitad de cuadra, el chofer miraba como si estuviera esperando a alguien. Le pedí a mi mamá que volviera a llamar para preguntar qué auto habían mandado. Mientras ella fue en busca del teléfono, bajé las escaleras y desde la puerta le hice señas al conductor. Se acercó despacio. Cuando estuvo a cierta distancia, me informó: soy de la remiseria.

Me senté en el lado del acompañante. Después del saludo desinteresado de ambos, sonó el intercomunicador, habló la voz de una chica que dijo: tocale bocina a esa vieja pelotuda. Era evidente se refería a mi santa madre. El remisero se puso colorado y no supo como esquivar la situación. Recurrío a uno de los viejos trucos; trató de hablar del clima. No le funcionó, le puse cara de asco y pasé todo el viaje tramando la venganza.

Cuando llegué a casa, lo primero que hice es preguntarle a Sandrix como se sentía. Lo segundo, discar el número de la remiseria y hablar con la chica.
-Hola, ¿que tal? Soy la persona que viajó hasta San Telmo. Quería contarte que te escuché llamando vieja pelotuda mi mamá y que pronto vas a tener noticias de mi.

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escrito por Antoine Doinel at 2:04 AM |


2 Comentarios:


a las 8:15 PM, Blogger Fodor Lobson

Bravo!
En general yo me considero un buen tipo, que no le quiero mal a nadie, pero en ocasiones como la que usted relata, desearía de todo corazón hacer algo para, como mínimo, hacerle perder el empleo a la niñata esa.

 

a las 12:05 PM, Blogger Ling

Ud. siga incentivando el estereotipo del italiano maffioso, nomás...